Un estudio analiza el estigma hacia la enfermedad mental grave

El trabajo recoge la visión del paciente sobre su propia enfermedad, pero también de profesionales y de la sociedad
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Madrid
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10 oct 2019 - 15:03 h
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“El estigma hacia la enfermedad mental implica una visión negativa que deriva en prejuicios, estereotipos y, por tanto, su discriminación. El estigma tiene diversos componentes e incluso tipos, siendo uno de los más relevantes el llamado autoestigma (referido al propio rechazo hacia una determinada condición que se posee)”.

Éste es el punto de partida del estudio “el estigma hacia la enfermedad mental grave. Visión de los afectados, profesionales y población general”, elaborado por profesionales del Centro San Juan de Dios (CSJD) de Ciempozuelos y que cobra especial importancia en el Día Mundial de la Salud Mental. “Este trabajo plantea, como principal novedad —señala Juan Jesús Muñoz, psicólogo coordinador de Rehabilitación del área de Salud Mental del CSJD—, estudiar a una población de usuarios afectados por enfermedad mental grave y duradera en un entorno de hospitalización prolongada. La idea es detectar la magnitud del fenómeno para que, en caso de ser necesario, se diseñen intervenciones orientadas a minimizarlo”.

Uno de los aspectos tratados es la visión de los propios pacientes de la enfermedad mental. Algunos resultados denotan que los prejuicios hacia otros afectados pueden estar motivados por la propia ausencia de conciencia de la gravedad de su problemática (algo muchas veces inherente a las enfermedades graves) y esto motiva que creen una especie de burbuja protectora a su alrededor, aislándose de los otros a quienes etiquetan como enfermos para así preservar su identidad.

Este fenómeno, ha sido denominado “disonancia en la psicosis” e implica la necesidad de implementar programas orientados a la integración en grupos de iguales generando situaciones de necesaria convivencia y cooperación para minimizar este estigma así como aumentar la conciencia de sus dificultades y necesidades alejando la estigmatización. Asimismo, el estudio orienta hacia la necesidad de potenciar el contacto con el medio natural para dificultar la necesidad de esta burbuja y, por extensión, la progresiva tendencia al aislamiento.

Otro de los puntos del estudio, tiene que ver con el estigma de los profesionales que trabajan la enfermedad mental y la explicación, señala el responsable de este trabajo, se relaciona con la tendencia a tener una visión sesgada por diferentes factores así como la aparición de lo que se ha llamado “pesimismo terapéutico”, un fenómeno vinculable a la atención con patologías crónicas (de cualquier índole) en entornos estructurados. “Nuestro planteamiento es la necesidad de dinamizar a los profesionales de este ámbito de hospitalización prolongada a través de intercambios profesionales que, por un lado, ayuden a minimizar estas inercias negativas y, por otro, posibilite el acercamiento de otros profesionales a entornos en los que se abordan patologías graves. Al final, lo que se persigue es alejar el propio estigma que se tiene sobre los entornos hospitalarios dirigidos a reintegrar a los afectados a la sociedad y/o dotarles de una mejor calidad de vida en virtud de las circunstancias sociosanitarias que motivaron su ingreso”.

En lo que respecta a la visión de la enfermedad mental grave por parte de la población general y los profesionales también se han encontrado resultados relevantes. Al imaginar estar afectados por la enfermedad mental mostraron la creencia de que serían más rechazados en comparación con lo que realmente percibían las personas afectadas. Juan Jesús Muñoz añade que “las personas afectadas mostraban un elevado nivel de rechazo e incluso actitudes despóticas hacia otros en su misma situación, reforzando la idea de la presencia del concepto de disonancia en la psicosis como mecanismo o sesgo defensivo asentado en una baja conciencia de enfermedad y basado en una tendencia a percibir al otro como más grave y/o afectado que uno mismo”. “El problema de este sesgo es que dificulta las posibilidades de intervención orientadas hacia una normalización e integración comunitaria”, afirma.

Una de las conclusiones que se obtiene de este estudio es que, en la práctica hay que cuidar que las intervenciones hospitalarias, a corto o a largo plazo, estén orientadas bajo una perspectiva comunitaria previniendo procesos de institucionalización que no van a estar tan determinados por las necesidades temporales o de otra índole del ingreso y sí más bien por no plantear un trabajo rehabilitador orientando las intervenciones hacia la comunidad. “Hablamos de prevenir otro fenómeno que hemos descrito como “paradoja institucional” y que tiene que ver con la aparente protección , seguridad y comodidad que puede aportar un medio hospitalario a la persona afectada pero que podría derivar en un alejamiento progresivo de sus posibilidades de integración”, aclara el profesional del Centro San Juan de Dios.

Este estudio ha servido para detectar dos fenómenos clave: la llamada paradoja institucional y la disonancia psicótica. Juan Jesús Muñoz considera necesaria la existencia de dispositivos hospitalarios dirigidos a la atención de las personas con enfermedades mentales graves pero interviniendo sobre estas variables que afectarían las posibilidades de implementar un trabajo rehabilitador de carácter comunitario. “A partir de estos datos -adelanta el coordinador de Rehabilitación del área de Salud Mental- generaremos programas de intervención de carácter psicoeducativo tanto para los pacientes como para los profesionales para abordar los dos sesgos comentados y mejorar la calidad de la atención prestada”.

La gravedad de la enfermedad así como sus consecuencias están íntimamente relacionadas con el seguimiento de los tratamientos médicos y psicológicos que están modulados por la inversión económica. “Invertir en salud mental produce un desarrollo social sostenible, ya que la falta de recursos en la intervención de la esquizofrenia agrava las consecuencias de la enfermedad para los afectados y, por extensión, al resto de personas, lo que implica una sociedad poco solidaria pero, también, poco inteligente en la que se aumentan los costes necesarios para los tratamientos por no haber invertido los recursos necesarios en los momentos clave” sentencia.

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